jueves, 22 de mayo de 2014

Día del trabajador (sexual)

Traducción de Cesar Tisocco (integrante Red por el Reconocimiento del Trabajo Sexual)

Suelo decir que investigar sobre prostitución me hace más una historiadora del trabajo que una historiadora de la sexualidad. A pesar de que las mujeres que vendían sexo en el pasado eran agrupadas en las mismas categorías que los homosexuales y otras actividades percibidas como desviaciones sexuales, ellas conectaban sus acciones no con su sexualidad sino con su trabajo.

Trabajadores sexuales celebran y protestan en el 10º día Internacional por los Derechos de las Trabajadoras Sexuales, 2011 (imagen: feministe.us)
También solían verse como grupo de trabajadoras. Contamos con evidencia de identidades colectivas y asociaciones de trabajo entre prostitutas en el siglo XIX: un ejemplo notable son las docenas de mujeres que marcharon por las calles de Aldershot golpeando ollas y sartenes en protesta por el cierre de burdeles. Para la década de los 50 del siglo XX, la organización de algunas prostitutas en Londres equivalía a lo que la socióloga Rosalind Wilkinson llamó “estatus gremial”. Esta investigación sociológica temprana reveló los comienzos de lo que se convertiría en un poderoso movimiento por los derechos de las trabajadoras sexuales. Para la década del 70, prostitutas en Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña (para nombrar solo algunos países) se estaban organizando y protestando por protección y derechos laborales.
En el siglo XXI, muchas mujeres que venden sexo eligen llamar a su actividad “trabajo sexual” y autodenominarse “trabajadoras sexuales”. Esto puede tener significados diferentes para distintas mujeres. Para algunas, reconoce su trabajo como algo normal, necesario y respetable. Para otras, sirve para diferenciar su trabajo sexual de sus propias sexualidades. Y otras lo usan para insistir en que el trabajo sexual debe ser considerado como cualquier otro trabajo: un trabajo en el que pueden ser explotadas o no explotadas, que pueden elegir o no elegir.
Como historiadora, uso los términos “trabajo sexual” y “mujeres que vendían sexo” para evitar el anacronismo, pero reconozco de forma explícita que para la mayoría de las mujeres que vendían sexo en el pasado, la prostitución era un trabajo. Debe analizarse tanto como historia del trabajo que historia de la sexualidad. De hecho, si quisiéramos pensar en la prostitución en términos de historia de la sexualidad, deberíamos mirar más a los hombres que la consumen que a las mujeres que la ejercen. Hasta el momento, hay una ofensiva escasez de estudios históricos (o contemporáneos) sobre las numerosas personas que participan en el sexo comercial.
Como historiadora y feminista, soy consciente de las batallas que se generan en torno al término “trabajo sexual”. Algunas feministas insisten en usar el término “mujer prostituida”, implicando que ninguna mujer elegiría vender sexo. De hecho, uno de los “hechos” que más escucho de estudiantes y personas comunes cuando se enteran de mi investigación sobre prostitución como un trabajo de las mujeres, es que “ninguna niña dice que quiere ser prostituta cuando crezca”. Dejando de lado todos los argumentos en contra de esta afirmación, tampoco ninguna niña dice que quiere limpiar baños cuando crezca.
El mundo, antes y ahora, está lleno de gente que no han elegido sus trabajos. Las mujeres que vendían sexo en el pasado lo hacían como reacción en contra de otras elecciones laborales mal pagas, arduas y humillantes en las que eran explotadas y debido a la falta crucial de apoyo social. Varios estudios de fines del siglo XIX descubrieron que hasta la mitad de las mujeres que vendían sexo en Gran Bretaña habían sido empleadas domésticas, y que la mayoría había odiado tanto ese trabajo que lo habían dejado voluntariamente. “¿Qué me van a dar si dejo esto: un trabajo en una lavandería por dos libras a la semana, cuando puedo fácilmente ganar veinte?” le preguntó una prostituta a una agente de policía en la década de 1920. “Prefiero morir que volver al servicio doméstico”, le dijo otra a la periodista Mary Chesterton en 1935.
La difícil verdad es que los testimonios históricos de prostitutas, así como del presente, proveen amplia evidencia de que las mujeres sí eligen el trabajo sexual en condiciones económicas precarias y alternativas laborales terribles. Quizás debido a esto nos cuesta tanto imaginar a la prostitución como un trabajo y tomar en serio las organizaciones de trabajadoras sexuales. Requiere un reconocimiento de que el trabajo sexual está profundamente conectado con la explotación de la economía capitalista de la que todos somos parte. Como George Bernard Shaw escribió en 1912, durante la campaña en contra de la explotación sexual comercial de niñas o “trata de blancas”:
Los salarios de la prostitución están cosidos en sus ojales y en sus blusas, pegados en sus cajas de fósforos y en sus cajas de alfileres, rellenados en sus colchones, mezclados con la pintura de sus paredes y atascados en sus canillas. El mismo barniz de su tinaja y de su taza de té tiene el veneno de plomo que se le ofrece a la mujer decente como recompensa por su trabajo honesto.
En todo caso, las palabras de Shaw suenan más verdaderas hoy, a la luz de nuestra economía global cada vez más perversa, donde el trabajo doméstico, agrícola e industrial barato y mal regulado son vistos como cruciales para satisfacer las demandas crecientes de opulencia y comodidad.

Los sueldos de la prostitución están cosidos en sus ojales’ (‘No Home Life for them’, The Sweated Industries Exhibition, Richard Mudie-Smith, 1906 (Museum of London)
Por lo tanto, en este día internacional de los trabajadores, sugiero que deberíamos pensar en cómo el trabajo sexual está relacionado con los trabajos no remunerados o mal pagos que mujeres (y también hombres, aunque en menor medida, pero no por eso menos importante) realizan para sostener la economía capitalista mundial en condiciones de explotación. Y en lugar de tratar de separar la prostitución del trabajo, deberíamos pensar en cómo nuestra demanda de bienes y servicios lícitos está enredada con la economía ilícita y sexual y en cómo somos cómplices en la mucho más extendida explotación laboral.



 Julia Laite es profesora de historia británica moderna y de género en Birkbeck, University of London. Está interesada en la historia de las mujeres, del género, la sexualidad, el crimen, la migración y la prostitución. Su primer libro, Common Prostitutes and Ordinary Citizens: Commercial Sex in London, 1885-1960  fue publicado por Palgrave Macmillan en 2011. Actualmente está estudiando tráfico y migración de mujeres a comienzos del siglo XX.

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